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ALPHA

Un brillo misterioso y quirúrgico emanaba del tanque de cristal situado en el centro de la oscura sala. En él, una pálida mujer flotaba en una postura inclinada, balanceándose con el vientre hacia fuera y la cabeza hacia atrás como si se estuviera riendo. Los conductos del cristal estaban conectados a los nodos de su pecho y sien, y le habían cosido y vendado con vendajes blancos las graves heridas de su torso. Se podía percibir un leve zumbido, el agrio olor de los productos químicos y un pitido rítmico y repetitivo que coincidía con los lentos latidos de su corazón.

En una esquina de la habitación, bajo una deslumbrante luz y subido en una banqueta, se erguía un enano con unas gruesas gafas de protección junto a un robot sin cabeza con forma de mujer. Su taladro se revolucionaba y apagaba, y volvía a revolucionarse y apagarse conforme trabajaba.  

La puerta se abrió, sobresaltándolo. El enano soltó un improperio y pasó la mano por un rasguño de la armadura, ignorando a la reina ciega y las dos guardias que la seguían. La reina posó la punta de los dedos sobre el tanque y el cuervo de su hombro miró a través del cristal.

—Muchachas ingratas —siseó—. ¿Qué habría sido de ellas sin mí? Esposas. Madres. Abuelas olvidadas que contarían historias aburridas. Las salvé de la mediocridad. Las convertí en peligrosas. Les proporcioné una habilidad, un propósito, una familia... ¿y cómo me lo pagan?

Las dos Guardias de la Tormenta se miraron entre sí y después al tanque de nuevo. —Nosotras regresamos... —empezó una, pero la reina continuó como si no la hubiera oído.

—Traición. Por una noción romántica. Por una niña que no sabe nada de construir y guiar a un imperio. Pero no tú, hija mía —La reina posó la mejilla en el cristal—. Tú serás más poderosa que cualquier soldado. Nunca te cansarás. Nunca me cuestionarás. Nunca me traicionarás. Porque no puedes.

—¿Significa eso que tengo vuestro permiso para ensamblarla? —preguntó Frankie sin darse la vuelta—. Puedo quitarle la cabeza y tenerla configurada para mañana.

—Sí —afirmó la reina. Le dio la espalda al tanque y sonrió en su estilo aterrador y sin ojos a las dos únicas Guardias de la Tormenta que habían escogido regresar—. Y vosotras, mis leales niñas, me ayudaréis a probar su fuerza.